A la conquista de un imperio

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Los malayos, que estaban apoyados en la pared, viendo levantarse a su jefe, se prepararon a seguirle, pero el oficial dijo en seguida:

—El rajá desea hablar sin testigos a su gran cazador, de forma que debéis quedaros aquí. Es la orden que he recibido.

—Quedaos —dijo Yáñez, dirigiéndose a los malayos. Y les hizo con la mano un gesto que significaba: «Estad dispuestos a todo».

Luego siguió al oficial, mientras las danzas proseguían animadísimas y los instrumentos musicales hacían resonar sus alegres melodías en la amplia sala de los Elefantes.

Salieron por una de las dos puertas que se abrían a los dos lados del trono, y Yáñez se encontró en una sala amueblada con mucho gusto, con divanes, espejos y lámparas bellísimas.

El rajá estaba allí, sentado en un sillón de bambú apoyado en una cortina que sin duda ocultaba una puerta.

Sólo le acompañaban un ministro y dos oficiales de la guardia.

A la primera ojeada, Yáñez comprendió, por la expresión alterada de su rostro, que el rajá ya no estaba de buen humor.


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