A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No perdáis de lista la puerta ni un solo instante, y disparad sobre el primero que intente entrar. Podréis distinguirlo fácilmente porque se verá obligado a pasar sobre el cuerpo del elefante. Y ahora, veamos cómo están las cosas.
Se levantó con precaución y asomó la cabeza entre dos divanes, lanzando una rápida mirada hacia la puerta. El elefante respiraba aún y detrás de su enorme cuerpo asomaban numerosas carabinas. Era evidente que los sikhs esperaban a que el pobre paquidermo hubiese exhalado el último suspiro, antes de aventurarse a pasar sobre él, por miedo a recibir algún golpe de trompa.
Burni y sus hombres acababan apenas de barricar las dos puertecillas, acumulando tras ellas mesas, grandes tablones y los últimos divanes, cuando una nota metálica salió de las fauces del paquidermo: la muerte iba ya a sorprender al desdichado animal.
—Es su último bramido —dijo Yáñez—. Estad preparados para rechazar el ataque. Los sikhs no tardarán en abrir fuego.
—Ya veo uno que trepa por el lomo del elefante —dijo Burni.
Un guerrero sikh, convencido ya de que el elefante estaba muerto, o por lo menos de que ya no era capaz de usar su terrible trompa, habÃa trepado sobre el gigantesco cuerpo y avanzaba resbalando.