A la conquista de un imperio

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Arrodillado tras un diván, levantó la carabina y disparó los dos tiros, uno detrás de otro, siendo imitado inmediatamente por sus hombres.

El elefante, tocado en las junturas de las costillas —sus dos puntos más vulnerables— y acribillado por los proyectiles de los malayos, trató de retroceder para salir de aquel aprieto; pero las fuerzas le faltaron de repente, y se derrumbó de golpe, obstruyendo el paso con su enorme mole.

Fuera se alzó un coro de gritos de rabia, mientras el desgraciado animal, después de lanzar tres o cuatro bramidos, empezaba a agonizar. De sus ojos caían gruesas lágrimas, y su trompa, sacudida por un temblor convulsivo, soplaba sangre, indicio seguro de una muerte próxima.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez—. Ha sido un golpe magnífico que los sikhs no se esperaban. Veremos cómo entran ahora. Se verán obligados a atacarnos por las dos puertecillas, y no será difícil defender esas aberturas. ¡Burni!

—¿Capitán?

—Coge dos hombres y ve a derribar el palco de los músicos. Hay que barricar las dos puertecitas.

Luego, se volvió a los dos malayos arrodillados a sus lados, espiando los últimos estertores del elefante, y les dijo:


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