A la conquista de un imperio

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24. La rendición de Yáñez

Una vez derribado el obstáculo, el elefante se retiró precipitadamente unos veinte pasos, luego se volvió, presentando a los sitiados su formidable trompa, que sostenía una barra de hierro maciza.

Sentado entre sus orejas estaba un cornaca, armado de un pincho para empujarlo al ataque.

Detrás y a los costados se agrupaban treinta o cuarenta sikhs; pero debía de haber más en el patio, a juzgar por los gritos y órdenes que se oían.

La puerta era tan amplia que el elefante podía pasar sin esfuerzo a la sala, que tal vez en otros tiempos había servido de cuadra para los colosales paquidermos.

Antes de que el animal subiera el primer escalón, una veintena de sikhs se pusieron ante él, disparando al tuntún entre los divanes y las sillas, con la esperanza de hacer descargar las carabinas a los sitiados; pero estos, a cubierto de las balas de los adversarios, se guardaron muy bien de caer en la trampa.

No recibiendo respuesta, los sikhs, tras gastar sin ningún resultado un centenar de cartuchos, cedieron el sitio al paquidermo, que avanzó valientemente, obstruyendo teda la puerta con su corpachón.

Era el momento esperado por Yáñez.

—Otra barricada —murmuró—. No le dejemos pasar del todo.


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