A la conquista de un imperio

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Resonó un tercer disparo en el patio y se produjo un horrible espectáculo: el elefante había sido alcanzado por una granada y esta, al estallar dentro del cuerpo, desgarró su masa de una forma espantosa, lanzando enormes trozos de piel y carne contra los quicios de la puerta y salpicando de sangre las paredes vecinas, las puertas de bronce, los divanes y hasta las sillas.

Aún no se había extinguido el eco de la detonación, cuando diez o doce sikhs se lanzaron sobre el cuerpo mutilado del paquidermo, gritando ferozmente y disparando en todas direcciones.

Los malayos alzaron las carabinas para responder al ataque; pero Yáñez les detuvo:

—No, a tiro hecho.

Los sikhs, superado el corpachón del elefante, corrían sobre las dos puertas de bronce que, como hemos dicho, habían caído sobre los divanes, y ya iban a atravesarlas cuando una voz seca, cortante, se dejó oír:

—¡Fuego, malayos!

Una descarga terrible, casi a quemarropa, alcanzó al minúsculo grupo de vanguardia.

Seis sikhs cayeron en medio de los divanes, más o menos fulminados. Los demás, que tenían las carabinas descargadas, saltaron a toda prisa sobre el elefante, atravesaron el sangriento desgarrón y escaparon a todo correr.


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