A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Estos montañeses son testarudos —dijo Yáñez—. Pero yo en su lugar serÃa más prudente, sabiendo que tengo delante hombres de una punterÃa tan segura.
—En guardia, capitán —exclamó Burni.
—¿Vuelven?
—SÃ, vuelven al ataque.
Detrás del elefante se veÃan de nuevo turbantes y cañones de carabina. Con toda seguridad, los sikhs se preparaban para un supremo intento.
DebÃan de estar furiosos por las pérdidas sufridas, por lo que resultarÃan más temibles que antes.
Un aullido feroz, el grito de guerra de aquellas intrépidas tribus montañesas, les advirtió que reanudaban el ataque.
En efecto, un momento después, una avalancha de hombres escalaba el elefante, protegiéndose con un fuego vivÃsimo, pero que no hizo ningún daño a los sitiados, que estaban protegidos en primer lugar por las puertas de bronce, que habÃan quedado inclinadas, y después por todo el montón de divanes y sillas.
—¡A ellos! —ordenó Yáñez a sus hombres.
Los malayos no se hicieron repetir la orden. Maravillosos tiradores, abrieron fuego a su vez, abatiendo un hombre a cada tiro que disparaban.