A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Los sikhs, aterrados por la precisión del incesante fuego, no se atrevían a avanzar, pero se mantenían obstinadamente sobre el dorso del paquidermo, respondiendo a cada, tiro con otro, mientras la pieza de artillería, situada en el patio, tronaba, enviando las balas sobre sus cabezas, tratando de hundir el techo para que aplastara en su caída a los defensores de la sala.
Por suerte para estos, la bóveda había sido muy bien construida, y sólo se desprendía algún ladrillo y grandes trozos de yeso, proyectiles que no inquietaban en absoluto a Yáñez ni a sus hombres.
El fuego era intenso y rapidísimo por ambas partes. Cada sikh que caía era reemplazado por otro, no menos obstinado ni menos valeroso que el compañero, quien tampoco tardaba en rodar muerto o herido.
Ya habían puesto fuera de combate a una veintena de hombres, cuando dieron la señal de retirada.
Aquella orden llego en buen momento, porque los malayos tenían dificultades para hacer frente a tantos adversarios, y se abrasaban las manos con los ardientes cañones de las carabinas.
Tampoco esta vez había obtenido resultados el fuego de los sikhs; sólo Burni había sido alcanzado de rebote por una bala, que le arrancó el lóbulo de la oreja derecha, provocando una hemorragia que no podía tener graves consecuencias.