A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Esto es el fin! —dijo Yáñez, que se habÃa dado cuenta de la maniobra—. Tratemos de morir como valientes.
Una andanada de metralla cayó sobre los restos de la barricada, fulminando a Burni que habÃa avanzado para ver cómo iban las cosas.
Una segunda descarga derribó a otro de los malayos; luego el parlamentario volvió a mostrarse entre el corpachón lacerado del elefante, gritando por segunda vez:
—El rajá me envÃa para invitaros a la rendición. Si os negáis, os exterminaremos a todos.
La defensa era insostenible.
—Estoy dispuesto a rendirme —contestó finalmente el portugués—, pero a condición de que también a mis hombres se les conceda la vida.
—Mi señor te lo concede.
—¿Estás seguro?
—Me ha dado su palabra.
—Entonces, me entrego.
Saltó sobre los restos de la barricada, seguido por sus malayos, superó el elefante y bajó al escalón, deteniéndose ante el cañón aún humeante.
El patio estaba lleno de sikhs y en medio de ellos se encontraba el rajá con sus ministros, que llevaban antorchas.