A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Han matado; no son blancos y pagarán con su vida.
—Entonces, ve a decir a tu señor que su gran cazador los defenderá mientras tenga un cartucho y un soplo de vida. ¡Fuera o disparo ahora mismo!
El parlamentario se apresuró a desaparecer.
—Amigos —dijo Yáñez, con voz perfectamente tranquila—, aquà se trata de morir: el Tigre de Malasia se ocupará de vengarnos.
—Señor —dijo Burni—, nuestra vida te pertenece, y la muerte jamás ha dado miedo a los viejos tigres de Mompracem. Caer aquà o en el mar es lo mismo, ¿verdad, camaradas?
—Sà —contestaron los malayos a una.
—Entonces, preparémonos a la última defensa —dijo Yáñez—. Cuando no podamos disparar más, atacaremos con las cimitarras.
A los cañonazos de antes, habÃa, seguido un profunde silencio. Los sikhs celebraban consejo y estaban preparando la columna de ataque.
En lugar de exponerse al tiro de aquellas infalibles carabinas, habÃan arrastrado el cañón junto a la puerta, y como el elefante, destrozado casi por completo por las granadas, ya no impedÃa apuntar, se preparaban a ametrallar a los defensores de la sala.