A la conquista de un imperio

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Yáñez y los malayos, acurrucados tras los divanes, serios y pensativos, apretaban sus carabinas, sin disparar un solo tiro, sabiendo que serían cartuchos perdidos sin provecho, porque la masa del paquidermo les impedía ver a los artilleros.

El cañoneo duró una buena media hora; luego, cuando las dos puertas cayeron despedazadas, y la barricada se hundió, los atacantes suspendieron el fuego y se presentó un hombre, que subió a los restos del elefante llevando clavado en la bayoneta un trozo de seda blanca.

Yáñez se había puesto en pie, preparado para fulminarlo, pero dándose cuenta a tiempo de que se trataba de un parlamentario, bajó la carabina, diciendo.

—¿Qué quieres?

—El rajá me manda para invitaros a la rendición. Vuestra barricada ya no os protege.

—Dirás a su alteza que nos protegerán nuestras carabinas, y que su gran cazador aún tiene los brazos firmes y la vista excelente, para ponerle fuera de combate a la guardia real.

—El rajá me ha enviado para proponerle condiciones.

—¿Cuáles son?

—Le concede la vida, con tal de que se deje conducir a la frontera de Bengala.

—¿Y a mis hombres?


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