A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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—Para mayor seguridad. Sois demasiado astutos para dejaros juntos.

—Sin embargo, debo advertir a vuestra alteza, que mis siervos son súbditos ingleses, porque han nacido en Labuán.

—Yo no sé qué es ese Labuán —contestó el príncipe—, pero tendré en cuenta lo que me dices.

Hizo un gesto con la mano y en seguida, cuatro oficiales cayeron sobre el portugués, cogiéndole de los brazos con fuerza.

—Llevadlo donde ya sabéis —dijo el rajá—. Pero sin olvidar que es blanco y, por añadidura, inglés.

Yáñez se dejó conducir sin oponer resistencia.

Apenas habían entrado en una de las salas de la planta baja, cuando los sikhs se abalanzaron, con un ímpetu de bestias feroces, contra los tres malayos a quienes arrebataron las carabinas y ataron fuertemente.

Casi en el mismo instante, por una de las amplias puertas que daban al patio, salió un elefante, montado por un cornaca barbudo, de aspecto feroz.

Colgado de la trompa llevaba un tajo, semejante al que usan los carniceros para cortar sobre él los cuartos de buey. Aquella bestia era el elefante verdugo.

En todas las cortes de los principados indios hay un animal de estos, amaestrado para enviar al otro mundo a todos los que hacen sombra a esos crueles soberanos.


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