A la conquista de un imperio

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Mientras los sikhs se retiraban para dejarle paso, el gigantesco paquidermo dejó en el centro mismo del patio el tajo, apoyando sobre este una de sus patazas, como si quisiera comprobar su solidez.

—Adelante el primero —dijo el rajá, que estaba cómodamente sentado en un sillón, con un cigarro entre los labios—. Quiero ver si estos hombres que se baten con el coraje de los tigres, son igual de valerosos ante la muerte. Cuatro sikhs cogieron a uno de los tres malayos y le arrastraron ante el elefante, haciéndole apoyar la cabeza en el tajo y sujetándolo con todas sus fuerzas. El gigantesco verdugo, a una orden del cornaca, retrocedió dos o tres pasos, levantó la trompa, emitiendo un largo bramido y avanzó hacia el tajo, levantó la pata izquierda y la dejó caer sobre la cabeza del pobre malayo.

El cadáver fue echado a un lado y cubierto con un amplio dootèe; luego, uno tras otro, fueron ajusticiados de la misma forma los otros dos malayos.

—Ahora Teotokris estará contento —dijo el rajá—. Vamos a descansar.

Empezaba a clarear.

Se levantó y entró en uno de los edificios laterales, seguido por sus ministros y oficiales, mientras los sikhs se disponían a llevarse a los camaradas que habían caído bajo el plomo de los tigres de Mompracem.


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