A la conquista de un imperio

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Apenas se habría acostado el príncipe, cuando un hombre entró apresuradamente en el palacio real, subiendo de cuatro en cuatro los escalones que conducían a las habitaciones de Yáñez.

Era Kabung, que volvía después de haber asistido al ataque del palacio de Surama y a la fuga de Sandokán y Tremal-Naik hacia el río.

El chitmudgar —que después de los primeros disparos en la sala, se había refugiado allí, sin atreverse a tomar partido por el gran cazador— oyó llamar repetidamente y corrió a abrir.

El pobre hombre, que había asistido desde una ventana que daba al patio a la rendición de Yáñez y a la ejecución de les tres malayos, estaba deshecho de dolor, y lloraba como un crío.

—¡Ah, mi pobre sahib! —exclamó viendo a Kabung—. ¿También tú quieres morir?

—¿Qué dices, chitmudgar? —preguntó el malayo, asustado por el llanto de aquel hombre.

—Tu señor ha sido detenido.

—¡El capitán! —exclamó Kabung, dando un salto.

—Y todos tus compañeros han sido ajusticiados.

Kabung retrocedió como si hubiera recibido una bala en medio del pecho.

—¡Pobre Tigre de Malasia! —exclamó con voz rota—. ¡Pobre capitán Yáñez!


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