A la conquista de un imperio

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—¿Puedes hacerme salir sin que me vean?

—Sí, por la escalera reservada a los sirvientes, que lleva detrás del palacio.

—Una última pregunta.

—Habla, sahib.

—¿Dónde podré verte?

—Tengo una casita en el barrio de Kaddar, toda pintada de rojo; de forma que destaca entre todas las demás que son completamente blancas. Allí hay una mujer que me es muy adicta y a la que voy a ver dos veces a la semana. Podrás encontrarme allí hoy, después del mediodía.

—Eres un buen hombre —dijo el malayo—. Ahora, ayúdame a huir.

—Sígueme; apenas ha salido el sol, y los sirvientes no se habrán levantado aún.

Atravesaron una terracita que se extendía por la parte trasera del apartamento de Yáñez, se internaron por una escalinata abierta en el espesor de las paredes, y tan estrecha que sólo permitía pasar de uno en uno, y bajaron a los jardines del rajá, de una notable extensión, pero que a aquella hora tan temprana estaban desiertos.

El chitmudgar condujo al malayo hacia una puertecilla de metal, adornada con las habituales cabezas de elefante, y la abrió, diciéndole:


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