A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Aquà no hay centinelas. Te espero en mi casita. He cogido afecto a tu amo, y haré todo lo que pueda para librarle de su prisión; te lo juro por Brahma, mi sahib.
—Eres el mejor de los indios que he conocido —contestó Kabung conmovido—. Si un dÃa se ve libre, mi amo no te olvidará.
Se envolvió en el dootèe y se alejó apresuradamente, sin volverse atrás, dirigiéndose hacia la casa de Surama, con la esperanza de encontrar algún conocido en aquellos alrededores.
Ya veÃa las últimas columnas de humo que se alzaban sobre las ruinas del palacio, completamente devorado por el fuego, cuando un hombre que llegaba en dirección contraria con mucha prisa, le interceptó bruscamente el paso.
Ya demasiado exasperado por la catástrofe que habÃa caÃdo sobre su amo. Kabung iba a disparar un pistoletazo al insolente, cuando se le escapó un grito de alegrÃa.
—¡Bindar!
—SÃ, soy yo, sahib —dijo en seguida el indio—. Surama y el Tigre de Malasia están en camino hacia la jungla de Benar y venÃa a avisar a tu amo.