A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Amigo, tienes en tus manos la suerte de todos nosotros —dijo Sandokán, con voz grave—. Parte en seguida, indÃcanos el camino que debemos seguir para llegar al pueblo, compra los elefantes y no te preocupes por nosotros. Esta noche, levantaremos el campo y atravesaremos la jungla a pesar de los sikhs y los guerreros assameses. ¡Ah!, se me olvidaba una cosa importantÃsima: ¿sabes dónde encontrar a Kabung?
—SÃ, en la casa del chitmudgar que el rajá habÃa puesto a disposición del sahib blanco.
—Me basta.
—Sandokán —dijo Surama, que aún tenÃa lágrimas en los ojos—. ¿Qué quieres hacer? No abandonarás a mi prometido, ¿verdad?
Un terrible relámpago cruzó los ojos del formidable aventurero.
—Aunque supiera que iba a perder los dos brazos, te juro, Surama, que liberarÃa a Yáñez; ya sabes que le quiero más que a un hermano. Y además vengaré a mis hombres, caÃdos bajo las patas del elefante verdugo. Cuando hayamos escapado del cerco, ajustaré las cuentas al rajá y al griego.
—¿Y para qué quieres esos elefantes? —preguntó Tremal-Naik.