A la conquista de un imperio

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Se había colocado detrás de la vanguardia y animaba a los segadores a darse prisa, temiendo que su tropa fuera alcanzada antes de llegar a aquel refugio, que había adivinado y donde esperaba poder oponer una encarnizada resistencia, aunque le atacaran por la espalda.

Por fin, acabaron de atravesar la llanura de los kalam en el momento en que el sol asomaba, llameante, en el horizonte.

Todos estaban agotados, en especial Surama, que había debido rivalizar con aquellos entrenados caminantes de las selvas de Borneo.

Habían llegado al límite de un bosquecillo, formado casi exclusivamente por banianos silvestres que sostenían frutas enormes.

Sandokán hizo refugiar a su tropa bajo aquellas colosales hojas, luego llamó a Kammamuri y le preguntó:

—¿Tenemos botellas de ginebra, verdad?

—Una docena.

—Haz que me las traigan, luego que se recoja toda la leña posible. Apresúrate, porque el enemigo no debe de estar lejos.

—Sí, jefe.

Llamó a algunos hombres y se internó en el bosque.


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