A la conquista de un imperio

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26. Entre fuego y plomo

¿Qué habría descubierto? Sólo él lo sabía; pero si haría pronunciado aquellas palabras, significaba que estaba seguro del éxito de su plan.

Sambigliong no se equivocaba al anunciar la presencia de los kalam, esas hierbas altas y durísimas, rígidas como hojas de acero. En efecto, apenas la columna hubo atravesado los últimos matorrales, fue a parar a un vastísimo calvero, erizado de tan peligrosos vegetales. Tampoco faltaban grupos de zarzas, de extensión poco común.

Redoblaron la vanguardia, que reemprendió su fatigosa tarea, cortando las hierbas a sablazos para abrir paso a los compañeros que corrían el peligro de lastimarse piernas y pies.

Entre tanto, las tinieblas comenzaban a clarear. Las estrellas palidecían rápidamente, por oriente nacía la luz que se extendía por el cielo; la jungla seguía, como si no debiese terminar nunca.

Pero Sandokán se mantenía tranquilo. Sus miradas sí fijaban en una masa oscura que se alzaba, al otro lado de la llanura de los kalam y que parecía una selva o una gran extensión de altísimas matas de bambúes.

Sin duda era allí donde deseaba llegar, antes de llevar a cabo su plan.


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