A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio ¿Qué habrÃa descubierto? Sólo él lo sabÃa; pero si harÃa pronunciado aquellas palabras, significaba que estaba seguro del éxito de su plan.
Sambigliong no se equivocaba al anunciar la presencia de los kalam, esas hierbas altas y durÃsimas, rÃgidas como hojas de acero. En efecto, apenas la columna hubo atravesado los últimos matorrales, fue a parar a un vastÃsimo calvero, erizado de tan peligrosos vegetales. Tampoco faltaban grupos de zarzas, de extensión poco común.
Redoblaron la vanguardia, que reemprendió su fatigosa tarea, cortando las hierbas a sablazos para abrir paso a los compañeros que corrÃan el peligro de lastimarse piernas y pies.
Entre tanto, las tinieblas comenzaban a clarear. Las estrellas palidecÃan rápidamente, por oriente nacÃa la luz que se extendÃa por el cielo; la jungla seguÃa, como si no debiese terminar nunca.
Pero Sandokán se mantenÃa tranquilo. Sus miradas sà fijaban en una masa oscura que se alzaba, al otro lado de la llanura de los kalam y que parecÃa una selva o una gran extensión de altÃsimas matas de bambúes.
Sin duda era allà donde deseaba llegar, antes de llevar a cabo su plan.
