A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio En el extremo del vasto calvero, a plena luz, porque el sol se alzaba rápidamente tras los grandes árboles, habían aparecido unos cuantos hombres, con turbantes monumentales en la cabeza, mientras otros iban llegando.
Eran les sikhs del rajá que precedían a los assameses, que avanzaban en doble columna, dispuestos a lanzarse al ataque.
Sandokán se acercó a las botellas, las destapó una a una, vertiendo el líquido sobre los haces de leña y, después, con una rama resinosa, los encendió todos. Lívidas llamas se ajaron en seguida, comunicándose a los kalam, medio quemados por el sol.
En pocos segundos, una verdadera cortina de fuego se extendía ante el margen del bosque.
—¡Ahora, amigos! —gritó el pirata, arrojando la rama ardiente y cogiendo la carabina—, saludad a los montañeses de la India. Son dignos adversarios de los tigres de Mompracem, y tienen derecho a ello.
Los sikhs, que avanzaban muy rápido, sólo estaban a cuatrocientos metros.
Una nutrida descarga les detuvo de pronto, derribando a varios.