A la conquista de un imperio

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Los montañeses indios, aunque no se esperaban tan mal recibimiento, ensancharon sus filas para ofrecer menor blanco a las balas enemigas, y empezaron a disparar a su vez, pero a ciegas, porque las llamas que se alzaban y; muy altas y los nubarrones de humo, mezclados con chorros de chispas, cubrían por completo a los hombres de Sandokán.

Estos, además, se habían aplastado tan bien entre las plantas, que no se les podía alcanzar.

El fuego de los sikhs y de los soldados assameses tuvo una brevísima duración, porque el incendio se extendió con prodigiosa rapidez, gracias a la fuerte brisa que soplaba del Norte.

Los kalam, presa de las llamas, se retorcían, chisporroteaban y desaparecían a ojos vista. Parecía como si toda la jungla tuviera que ser destruida por aquel devorador elemento.

Ante aquel formidable enemigo que les amenazaba por todas partes, y contra el que no podían hacer nada, los sikhs empezaron a batirse rápidamente en retirada.

Nubes de cenizas ardientes y chispas llovían sobre ellos obligándoles a redoblar su carrera.

Apoyado en el tronco de un tara, Sandokán contemplaba tranquilamente el incendio y la desesperada huida del enemigo.


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