A la conquista de un imperio

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El portugués se encogió de hombros, mientras el Tigre de Malasia dejaba oír una risita burlona.

—Ya se lo he dicho, excelencia: necesito esa caracola; pero añadiré, para tranquilizarle, que no la sacaré del Assam. No la tendré en mis manos más de veinticuatro horas, se lo juro.

—Entonces, pida al rajá ese favor. Yo no se lo puedo hacer porque ignoro dónde la esconden los sacerdotes de la pagoda de Karia.

—¡Ah! No quiere decírmelo —dijo Yáñez, cambiando de tono—. ¡Lo veremos!

En aquel momento se oyó sonar el gong, suspendido en la parte de fuera de la puerta.

—¿Quién viene a molestarnos? —murmuró Yáñez, arrugando la frente.

—Yo, señor; Sambigliong —contestó una voz.

—¿Qué hay de nuevo?

—Ha llegado Tremal-Naik.

Sandokán dejó la pipa y se levantó precipitadamente.

La puerta se abrió y compareció un hombre, diciendo:

—Buenas noches, mis queridos amigos; aquí estoy, dispuesto a ayudaros.

Las manos de Sandokán y Yáñez se tendieron hacia el recién llegado, que las estrechó fuertemente, diciendo:


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