A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —La piedra de… salagram —balbuceó el ministro.
—SÃ.
—Pero yo no sé dónde se encuentra. Sólo los sacerdotes y el rajá lo podrÃan decir —contestó Kaksa, recobrándose—. Yo no sé nada, milord.
—Miente —gritó Yáñez, alzando la voz—. También los ministros del rajá lo saben: me lo han confirmado muchas personas.
—Los otros tal vez; yo no.
—¡Cómo! ¿El primer ministro de Sindhia iba a saber menos que sus inferiores? Está jugando mal sus cartas, excelencia, se lo advierto.
—¿Y por qué quiere saber dónde está escondida, milord?
—Porque necesito esa piedra —contestó Yáñez con audacia.
Kaksa lanzó una especie de rugido.
—¡Robar esa piedra! —gritó—. ¿Ignora que el cabello que contiene perteneció, hace miles de años, a un dios protector de la India? ¿No sabe que todos los estados nos envidian esa reliquia? Si nos la arrebataran, eso serÃa el fin del Assam.
—¿Quién lo ha dicho? —preguntó Yáñez con ironÃa.
—Lo han afirmado los gurús.