A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Un griego! —exclamó Sandokán, sorprendido—. ¿Qué es eso? Nunca he oÃdo hablar de griegos.
—Tú no eres europeo —dijo Yáñez—. Esos hombres tienen fama de ser los más astutos de Europa.
—DifÃcil adversario entonces.
—Muy difÃcil.
—Bueno para ti —concluyó el Tigre de Malasia, sonriendo.
El portugués arrojó con enojo el cigarrillo; luego, volviéndose al ministro:
—¿Goza de mucha consideración en la corte ese extranjero? —le preguntó.
—Más que nosotros, los ministros.
—¡Ah! Perfecto.
De nuevo se habÃa puesto en pie. Dio tres o cuatro vueltas en torno a la mesa, retorciéndose el bigote y alisándose la tupida barba; luego se detuvo ante el ministro que le miraba atónito, y le preguntó a quemarropa:
—¿Dónde esconden los gurús la piedra de salagram que contiene el famoso cabello del Visnú?
Kaksa Pharaum miró al portugués con profundo terror y permaneció mudo, como si se le hubiese paralizado la lengua.
—¿Me ha comprendido, excelencia? —preguntó Yáñez amenazador.