A la conquista de un imperio

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El ministro se había levantado a su vez y miraba con profunda ansiedad ora a Yáñez, ora a Sandokán.

—Entonces, ¿quiénes son ustedes? —preguntó al fin, balbuceando.

—Hombres a quienes no podrían detener ni vuestros más formidables huracanes —contestó Yáñez con voz grave.

—¿Y qué quieren de mí? ¿Por qué me han traído a este lugar que nunca había visto?

En lugar de responder, Yáñez llenó de nuevo los vasos y tendió uno al ministro, diciéndole con voz insinuante:

—Beba antes, excelencia. Este licor exquisito le aclarará las ideas mejor que su detestable toddy[7]. Beba con toda tranquilidad: no le hará daño.

El ministro, sintiéndose invadir por un invencible temblor nervioso, creyó oportuno no negarse.

Yáñez se concentró un momento, luego, mirando fijamente al desgraciado que tenía los labios descoloridos, le preguntó:

—¿Quién es el europeo que está en la corte del rajá?

—Un blanco a quien yo detesto.

—Perfecto, ¿cómo se llama?

—Se hace llamar Teotokris.

—¡Teotokris! —murmuró Yáñez—. Es un nombre griego.


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