A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Cuando Sindhia supo que Surama habÃa escapado a la muerte, en lugar de acogerla en la corte o, por lo menos, de hacerla llevar de nuevo a vivir entre las tribus adictas a su padre, la hizo vender en secreto a unos thugs que recorrÃan el paÃs para procurarse bayaderas.
—¡Ah! —exclamó el ministro.
—¿Cree, excelencia, que el rajá, su señor, obró bien? —preguntó Yáñez, repentinamente serio.
—No sé. ¿Murió la niña?
—No, excelencia. Surama es ahora una bellÃsima muchacha, y tiene un solo deseo: arrebatar a su primo la corona de este paÃs.
Kaksa tuvo un sobresalto.
—¿Qué dice usted, milord? —preguntó asustado.
—Que tendrá éxito en su intento —contestó frÃamente Yáñez.
—¿Y quién la ayudará?
El portugués se puso en pie y señalando con el Ãndice al Tigre de Malasia, que no habÃa dejado de fumar, contestó:
—En primer lugar ese hombre, que ha derribado tronos y que venció al terrible Tigre de la India, Suyodhana, el famoso jefe de los thugs indios, y después yo. La orgullosa y gran Inglaterra, dominadora de medio mundo, ha tenido que doblar alguna vez la cabeza ame nosotros, los tigres de Mompracem.