A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Deslizándose entre los sarmientos y los matorrales y manteniéndose amparados por las anchas hojas de los banianos, la columna giró en torno a la roca y llegó sin ser vista a la pendiente septentrional, que se presentaba cubierta de soberbios mangos y arecas de troncos retorcidos, que formaban grupos gigantescos, estrechamente enlazados entre sí por un infinito número de plantas parásitas que habían alcanzado unas longitudes extraordinarias.
La vanguardia tuvo que reanudar su fatigoso trabajo, para practicar un paso a través de aquella muralla de vegetación, que no presentaba aberturas.
Siempre prudente, Sandokán había reforzado su retaguardia, ya que el peligro no podía venir más que de la otra ladera.
Tal vez en aquel momento, los assameses habrían ya cruzado la distancia que les separaba de la colina y estaban subiéndola, seguros de sorprender a los fugitivos aún acampados.
Pero si ellos subían aprisa, malayos y dayaks descendían no menos rápidamente, echando rabiosamente abajo aquel caos de plantas. Los hombres de vanguardia se renovaban cada cinco minutos, para que hubiera siempre trabajadores frescos.