A la conquista de un imperio

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La fortuna protegía, sin duda, a la columna porque esta pudo alcanzar por fin la selva que Sandokán y Tremal-Naik habían descubierto desde lo alto de la roca, sin que por ninguna de las dos partes se hubiese hecho un disparo.

Contrariamente a lo que en un principio habían creído, aquel bosque era poco espeso. Estaba compuesto de tecas y de nagassi, o sea árboles del hierro. Estos árboles conservan cierta distancia entre ellos, y no permiten desarrollarse mucho a las matas que nacen bajo sus hojas. Por tanto, la marcha podía ser de nuevo rapidísima, como en el último trecho de la jungla.

También era cierto, sin embargo, que si los assameses habían descubierto su pista —cosa nada difícil gracias al sendero abierto por las cimitarras—, podían, a su vez, apresurar la persecución; pero a Sandokán ya no le importaba gran cosa, porque estaba seguro de que Bindar tendría preparados los elefantes.

Distaban sólo media milla del pueblo, cuando Sandokán y Tremal-Naik oyeron resonar a sus espaldas unos cuantos disparos, seguidos de una nutrida descarga de carabinas.

—¡Ya les tenemos encima! —exclamó el primero, deteniéndose.

—La retaguardia ha contestado al fuego —añadió el segundo.


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