A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Sandokán y Tremal-Naik no tardaron en abrir fuego, y siendo ambos magnÃficos cazadores, derribaron en pocos minutos un buen número de aves, que recogieron los malayos de la escolta.
Como seguÃan encontrando terreno resistente, se internaron en una llanura muy vasta, cubierta de espesos matorrales y de algún grupito de palmas.
—Este lugar irá muy bien a nuestros elefantes —dijo Sandokán al bengal×. Les haremos desviarse hacia aquÃ; asà podrán galopar a placer.
—También es un sitio propicio para la caza mayor —añadió el bengalÃ, deteniéndose bruscamente.
—¿Qué has visto?
—Caza peligrosa, pero muy grande.
—No veo más que sâras revoloteando.
—Mira junto a aquellas matas, que se extienden a doscientos pasos de nosotros. Es un jungli-kudgia.
—¿Un búfalo salvaje, quieres decir?
—SÃ, Sandokán.
—Dentro de media hora te diré si sus bistecs son verdaderamente exquisitos, como he oÃdo afirmar muchas veces.
—Haz esconder a tus hombres y cambiemos las armas. Esos animales tienen una piel a prueba de espingardas.