A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El jungli-kudgia descubierto por Tremal-Naik pastaba tranquilamente a lo largo del margen del matorral, sin manifestar ninguna aprensión, aunque esos animales tienen un oído finísimo, que les compensa ampliamente de su pésima vista.
Fue precisamente aquella tranquilidad lo que no causó buena impresión al bengalí, que conocía muy bien las costumbres de aquellos animales, habiéndolos cazado durante años en las Sunderbunds del Ganges.
—Esa calma no me gusta nada —dijo a media voz a Sandokán, que se arrastraba a unos pasos de distancia—. No debe de estar solo. Acostumbran a ir en manadas muy numerosas.
—Entre tanto, matemos a este —dijo Sandokán, que no quería perder una presa tan grande—. Detrás de nosotros están emboscados los malayos. Déjame el primer tiro.
El jungli-kudgia presentaba un magnífico blanco, porque en aquel momento ofrecía al tirador su amplio pecho, dejando indefenso el corazón.
Una detonación seca hizo escapar a las grullas y a los pavos reales, escondidos entre las cañas.
El bisonte indio, herido un poco por debajo de la paletilla izquierda, emitió un largo mugido, bajó rápidamente la cabeza y se abalanzó al lugar en que aún se veía ondear la nubecilla de humo.