A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio La furiosa carrera duró sólo un par de segundos, porque cayó pesadamente a menos de veinte pasos del cazador, agitando las patas con frenesí.
Apenas había caído, los matorrales se abrieron bajo un choque irresistible, y quince o veinte búfalos gigantescos irrumpieron a través de la llanura, en una espantosa carga.
—¡Piernas, Sandokán! —rugió Tremal-Naik, disparando a lo loco, aunque estaba seguro de no detener a los furibundos colosos.
Los dos cazadores, que tenían alas en los pies, se reunieron en pocos instantes con los malayos, llevando tras ellos a los búfalos en su desenfrenada carrera; luego saltaron a la zona pantanosa, refugiándose a tiempo entre los elefantes.
A sus gritos de alarma, todos los acampados se pusieron en pie, imaginando un nuevo ataque de los assameses y cogieron las carabinas mientras los cornacas hacían levantar precipitadamente a los paquidermos que se habían tumbado para pacer mejor las altas y durísimas Typha. Los bisontes se detuvieron un momento cerca de los matorrales donde poco antes se escondían los malayos, esperando tal vez que los cazadores se hubieran emboscado allí, y después reemprendieron su endiablada carga, abatiéndolo todo a su paso.
Parecían proyectiles disparados por algún formidable cañón de marina, tal era su ímpetu.