A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Los bambúes —que como es sabido son extraordinariamente resistentes—, caÃan segados por las patazas de aquellos demonios, como si fueran simples juncos.
Al llegar ante la zona fangosa se detuvieron de golpe, inclinándose hasta el suelo y amontonándose unos contra otros.
—¡Por Siva! —exclamó Kammamuri, reuniéndose con sus jefes, que se habÃan puesto a salvo sobre su elefante—. ¡Esto no son assameses! Son mucho más peligrosos que aquellos gandules.
—¡Adelante, cornacas! —gritó Tremal-Naik—. Si cruzan esa franja, atacarán a los elefantes.
—¡Y vosotros haced fuego! —ordenó Sandokán, viendo que también todos sus hombres habÃan montado.
Resonaron ocho o diez disparos, pero no obtuvieron otro efecto que enfurecer aún más a los jungli-kudgia.
Los elefantes, instigados por los cornacas, se lanzaron animosamente al barro, avanzando a toda prisa, temerosos de tener que probar la fuerza y agudeza de aquellos terribles cuernos.