A la conquista de un imperio

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Al ver que se alejaban, los bisontes en lugar de calmarse se pusieron a mugir de una forma espantosa y a dar saltos: luego intentaron echarse a su vez a la zona pantanosa, pero dándose cuenta de que sus patas —que no tenían el espesor de las de los elefantes— se hundían por completo, volvieron a la franja de terreno firme, siguiendo por ella a los fugitivos.

—¿No van a dejarnos? —preguntó Sandokán, empezando a inquietarse—. Hubiera preferido encontrar a los assameses.

—Estos animales son testarudos y muy vengativos —contestó Tremal-Naik—. Esperarán a que nuestros elefantes encuentren terreno duro, para atacarnos.

—Espero que antes de eso estarán diezmados.

—No tenemos otra cosa que hacer, amigo.

—Sólo estoy a trescientos metros, y nuestras carabinas tienen dos veces ese alcance.

—Pero el balanceo de los elefantes hará muy difícil el tiro.

Sandokán cogió la carabina, se plantó firmemente sobre las piernas, apoyando el pecho contra el borde superior de la caja, y apuntó el arma, esperando a que el elefante-guía encontrase algún punto sobre el que apoyar las patas con menor violencia.

Transcurrieron unos minutos, luego Sandokán disparó, aprovechando un instante de pausa del elefante.


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