A la conquista de un imperio

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La bala, aunque bien dirigida, fue a romper uno de los cuernos del bisonte que conducía la manada, y que era el mayor de todos.

El animal se detuvo un momento, sorprendido, tal vez, al ver caer ante él una de sus principales defensas: luego prosiguió tranquilamente la marcha, como si nada hubiese ocurrido.

—¡Saccaroa! —exclamó Sandokán, dejando el arma aún humeante, para coger otra que le tendía Kammamuri—. Esos animales son comparables a los rinocerontes.

—Ya te lo he dicho —recordó Tremal-Naik. Sandokán volvió a apuntar al jefe de la manada, al que se prometía derribar a toda costa.

Dos minutos más tarde, resonó otro disparo y la bala pasó de largo, sin tocar a ningún miembro de la manada.

—Malgastas el plomo —dijo el bengalí.

—Aún tengo una bala.

—Por lo menos confesarás que se dispara mal a lomos de un elefante, y que para acabar con toda esa manada emplearíamos todas nuestras municiones.

—Cosa que no deseo en absoluto, porque no sabemos si los assameses nos siguen aún o se han vuelto atrás.

—¡Hum! Lo dudo: son tan testarudos como los jungli-kudgia.


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