A la conquista de un imperio

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Levantó la carabina por tercera vez, esperando el momento favorable.

Una nueva detención del elefante-guía —hundido en el fango hasta las rodillas, lo que le hizo permanecer inmóvil unos momentos—, le permitió hacer su último disparo.

El bisonte emitió un largo mugido, luego se detuvo bruscamente, bajando la cabeza casi hasta el suelo, con la lengua colgando.

Toda la manada se detuvo, mirándolo y mugiendo. Comprendía que su jefe había sido herido gravemente. El colosal bisonte seguía inmóvil. Mantenía la cabeza baja y de su boca, junto con una baba sanguinolenta, salían roncos mugidos, que se debilitaban por momentos.

—¡Va a morir! —exclamó Sandokán. Entonces el bisonte cayó de rodillas, hundiendo el hocico en el fango. Trató de incorporarse; pero las fuerzas le faltaron y cayó de costado.

—Parece muerto, ¿verdad, Tremal-Naik? —dijo Sandokán, muy contento ante aquel inesperado éxito.

—Has proporcionado una buena presa a los chacales y a los perros salvajes… y también a nosotros nos hubiera ido de maravilla —contestó el bengalí—. Disparas como Gengis Khan lanzaba sus flechas.

—No le conozco, ni me preocupa saber quién es.


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