A la conquista de un imperio

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Era una precaución necesaria porque ya pasaba del mediodía y, de seguir avanzando sin ningún amparo, se arriesgaban a sufrir una insolación, no menos fatal que la mordedura de las venenosísimas serpientes de anteojos. Por otra parte, estaban todos hambrientos, ya que por culpa del ataque furioso de los jungli-kudgia, no habían podido prepararse la comida durante la primera parada. El lugar no estaba mal elegido, porque un ancho canal fangoso les defendía del ataque de los obstinados animales; además en aquel islote, junto con numerosas palmas y arecas, se veían algunos ham, o sea mangos, cargados de frutos oblongos de tres o cuatro pulgadas de longitud, que bajo su corteza dura y verdosa, contienen una pulpa amarillenta, de sabor exquisito, muy saludable, si están bien maduros.

Improvisaron el campamento de la mejor forma posible, a la sombra de los árboles, porque los elefantes sufren con el calor, y si se les tiene muy expuestos al sol, corren el peligro de que se les agriete la piel, formando incluso llagas que a veces son muy difíciles de curar. Por eso sus cornacas les untan de grasa, principalmente en la cabeza.

Encendieron varias hogueras para asar las aves cazadas por Sandokán y Tremal-Naik.


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