A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Después de cansarse en vano, los malayos dejaron el puesto a Bindar y a los cornacas, más prácticos que ellos. Hecha una abundante provisión de lenguas y de carne escogida, la caravana reemprendió la marcha, subiendo hacia el Norte a paso bastante rápido, a pesar de los incesantes obstáculos que presentaba aquella interminable e incansable jungla.

Hacia las ocho de la noche, en el momento en que el sol se hundía en el horizonte y después de haber recorrido unas cuarenta millas en pocas horas, Sandokán dio la señal de parada, a poca distancia de la orilla derecha de Brahmaputra, el cual doblaba también, en sentido inverso, hacia septentrión, bajando de la imponente cadena del Himalaya.

Como era probable que en aquel lugar hubiera muchos animales feroces, Tremal-Naik y Kammamuri hicieron improvisar una empalizada de bambúes entrecruzados y encender a cierta distancia numerosas hogueras; luego levantaron las tiendas para defenderse de los golpes de luna, que en la India no son menos peligrosos que los del sol, porque no es raro que quienes duermen con el rostro expuesto al astro nocturno despierten ciegos.



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