A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El poluar que marchaba a la cabeza de la flotilla, cambió en seguida de ruta y se metió en el paso, seguido por todas las demás embarcaciones, que habÃan recibido previamente la orden de ajustarse a los movimientos de la llamada nave almirante.
Como Sandokán habÃa supuesto, no habÃa ninguna embarcación del rajá en el pantano.
Los sikhs, expulsados por el fuego —que ya debÃa de haber devorado por completo la jungla de Benar—, y desesperando de encontrar a sus adversarios, habÃan regresado sin duda a Gauhati, de forma que la flotilla de los montañeses pudo echar anclas sin ser estorbada en un extremo del pantano, cerca de una ribera cubierta de tupidas plantas, escapadas, quién sabe por qué casualidad, al incendio espantoso que habÃa devorado la jungla en toda su extensión.
Mientras las tripulaciones preparaban la cena. Sandokán hizo llamar a Bindar y al demjadar de los sikhs.
—Ha llegado el momento de actuar —les dijo—. Estamos a punto de jugar la baza decisiva.
—Yo estoy a tus órdenes, sahib —dijo el jefe de la guardia—. He tenido tiempo de conocerte y prefiero servirte a ti, y no al rajá y a su favorito: dos bribones que no han hecho nunca nada bueno.