A la conquista de un imperio

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No obstante, aquellas precauciones fueron completamente inútiles, porque el primer grupo no vio más que alguna bangle cargada de añil, que iba río abajo, y el segundo no descubrió más que alguna manada de perros salvajes entre las cenizas de la jungla.

Una hora antes del crepúsculo, los montañeses que vigilaban por el río, señalaron la presencia de una gonga, tripulada por dos hombres, que avanzaba a toda velocidad hacia el canal.

La noticia, trasmitida inmediatamente a Sandokán, despertó viva ansiedad entre la tripulación.

—¡No puede ser más que Bindar! —exclamó, radiante, el Tigre de Malasia.

—¿Y el otro? —preguntaron a una Surama y Tremal-Naik.

—Será un barquero, amigo suyo.

En efecto, un cuarto de hora después, apareció la pequeña embarcación, dirigiéndose a todo remo hacia el barco almirante.

Un grito de júbilo salió de los labios de Sandokán.

—¡Bindar y Kabung, el jefe de la escolta de Yáñez!

El gonga que se deslizaba como un alción, abordó el poluar bajo la popa y en un abrir y cerrar de ojos sus dos tripulantes subieron a bordo.


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