A la conquista de un imperio

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Sandokán hizo echar al agua una pequeña gonga, que había hecho embarcar en su poluar antes de abandonar Sadhja, y luego indicó al demjadar y a Bindar que embarcaran, diciendo:

—Hasta mañana por la noche: suceda lo que suceda, recordad que no volveré a Sadhja con estos valientes montañeses.

Los dos hombres bajaron al gonga, empuñaron los remos y se alejaron rápidamente, desapareciendo muy pronto entre las tinieblas.

—Ahora —dijo Sandokán—, podemos cenar.

Durante aquella noche ningún acontecimiento molesto turbó la calma que reinaba entre las tripulaciones de la flotilla, de forma que todos pudieron dormir tranquilamente, a pesar del ensordecedor concierto de los chacales y de los roncos gruñidos de los numerosos cocodrilos, que daban vueltas en tomo a las embarcaciones con la esperanza de que algún remero fuera a caer entre sus mandíbulas, abiertas de par en par.

Al día siguiente Sandokán —aunque no dudaba verdaderamente de la fidelidad del demjadar— siguiendo su receloso instinto, envió un grupo de montañeses, dirigidos por Kammamuri, hacia la boca del canal, y otro, bajo el mando de Sambigliong, hacia la jungla, para tener vigilados el río y los alrededores.


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