A la conquista de un imperio

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Los demás no tardaron en imitarle, vaciando rápidamente los platos que tenían delante y que —por lo menos en apariencia— parecían contener un guiso igual.

Kaksa Pharaum había tragado ya algunos bocados, haciendo grandes esfuerzos, cuando dejó caer bruscamente el tenedor, mirando al portugués con turbación.

—¿Qué le ocurre, excelencia? —preguntó Yáñez, fingiendo estupor.

—Que me siento arder las entrañas —contestó el otro, que estaba pálido.

—¿No ponen ustedes pimienta en sus guisos?

—No tan fuerte.

—Siga comiendo.

—No… déme de beber… ardo.

—¿De beber? ¿Qué quiere?

—Esa cerveza —contestó el desdichado.

—Oh, no, excelencia. Esa es exclusivamente para nosotros, además usted, como indio, no podría bebería porque nosotros, los ingleses, para aumentar la fermentación de la cerveza, le agregamos algún trozo de grasa de vaca. Y usted, excelencia, sabe mejor que yo que para los indios la vaca es un animal sagrado y que quien la come sufrirá tremendas penas después de su muerte.

Sandokán y Tremal-Naik hacían esfuerzos para retener una estrepitosa carcajada. ¿Qué más podía inventar aquel demonio de portugués? ¡Hasta grasa de vaca en la cerveza inglesa!


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