A la conquista de un imperio

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Yáñez, maravillosamente serio, llenó un vaso de cerveza y lo tendió al ministro, diciéndole:

—Beba de todos modos, si quiere.

Kaksa hizo un gesto de horror.

—No…, nunca…, un indio…, mejor la muerte… ¡agua, milord! ¡Agua! —gritó—. Tengo fuego en el vientre.

—¡Agua! —repitió Yáñez—. ¿Dónde quiere que vayamos a buscarla? No hay ningún pozo en esta pagoda subterránea y el río está más lejos de lo que usted cree.

—¡Me muero!

—¡Bah! Nosotros no tenemos ningún interés en suprimirle. Todo lo contrario.

—Me han envenenado… ¡tengo brasas en el pecho! —aulló el desgraciado—. ¡Agua! ¡Agua!

—¿La quiere de verdad?

Kaksa Pharaum se puso en pie, oprimiéndose el vientre con las manos.

Tenía espuma en los labios y los ojos se le salían de las órbitas.

—¡Agua!…, ¡miserables! —aullaba espantosamente.

Su voz no tenía nada de humano De sus labios brotaban rugidos que impresionaban incluso al Tigre de Malasia.

Yáñez se puso ante el ministro.


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