A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Hablará? —preguntó frÃamente.
—¡No! —aulló el desdichado.
—Entonces, no le daremos ni una gota de agua.
—Estoy envenenado.
—Le digo que no.
—Denme de beber.
—¡Kammamuri! ¡Entra!
El maharato, que debÃa de estar detrás de la puerta, avanzó trayendo dos botellas de cristal llenas de agua clarÃsima y las depositó sobre la mesa.
Kaksa Pharaum, en el lÃmite de sus sufrimientos, alargó las manos para cogerlas, pero Yáñez le detuvo con presteza.
—Cuando me haya dicho dónde está la piedra de salagram podrá beber todo lo que quiera —le dijo—. Pero le advierto que permanecerá en nuestro poder hasta que la hayamos encontrado, asà que serÃa inútil engañarnos.
—¡Me quemo! Una gota de agua, una sola…
—¡DÃgame dónde está la piedra!
—No lo sé…
—Lo sabe —prosiguió implacable el portugués.
—Máteme si quiere.
—No.
—Son ustedes unos miserables.
—Si lo fuéramos, ya no estarÃa vivo.
—¡No puedo resistir más!