A la conquista de un imperio

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Yáñez cogió un vaso y lo llenó de agua lentamente.

Kaksa seguía con ojos extraviados aquel hilo de agua, rugiendo como una fiera.

—¿Hablará? —preguntó Yáñez, cuando hubo terminado.

—Sí…, sí… —jadeó el ministro.

—¿Dónde está, entonces?

—En la pagoda de Karia.

—Eso también lo sabíamos nosotros. ¿Dónde?

—En el subterráneo que se abre bajo la estatua de Siva.

—Adelante.

—Hay una piedra…, una anilla de bronce… levántela… debajo, en un cofre…

—Jure por Siva que ha dicho la verdad.

—Lo… juro… agua…

—Un momento más. ¿Vigila alguien el subterráneo?

—Dos guardias.

—Para usted.

En lugar de coger el vaso, el ministro aferró una de las botellas y se puso a beber a chorro, como si no fuera a terminar nunca.

Vació más de la mitad, luego la dejó caer bruscamente y se desplomó, como fulminado, entre los brazos de Kammamuri, que se había colocado tras él.


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