A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No, sahib.
—Cuando lleguen, su amo no reinará ya en el Assam. Ahora tú, Kabung.
—Por medio del mayordomo que el rajá habÃa puesto a disposición de su gran cazador, avisé al capitán Yáñez que no tenÃa nada que temer.
—¿No hay peligro de que le envenenen?
—No, porque el carcelero es pariente del mayordomo y primero hace probar a un perro los alimentos destinados al preso.
—Surama, te recomiendo a ese mayordomo y a su pariente —dijo Sandokán, dirigiéndose a la joven—. Quizás esos dos hombres hayan salvado la vida a tu prometido.
—No les olvidaré, Sandokán; te lo prometo.
—¿Tienes algo que añadir, Kabung? —preguntó el Tigre de Malasia.
—QuerrÃa pedirte un favor.
—Dime.
—Vengar a mis amigos, los que formaban la escolta del capitán Yáñez —dijo el malayo, con voz conmovida.
El rostro de Sandokán se ensombreció.
—No era preciso que lo pidieras, amigo —dijo con voz aguda—. Ya sabes que el Tigre de Malasia no perdona. Todos ellos serán vengados.