A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —SÃ, amo —contestó el indio—. Está escondida bajo los bambúes.
—¿Estás solo?
—No me habÃas dicho que trajera más gente, sahib. Lo hubiera preferido porque la bangle es pesada de conducir.
—Mis hombres son gente de mar. Embarquemos en seguida.
—Debo advertirte una cosa.
—Habla y sé breve.
—Sé que esta noche deben quemar el cadáver de un brahmán delante de la pagoda.
—¿Durará mucho la ceremonia?
—No creo.
—¿No despertará sospechas nuestra llegada?
—¿Y por qué, sahib? Con frecuencia arriban barcos al islote.
—Vamos, pues.
—Hubiera preferido que no nos vieran desembarcar —dijo Sandokán.
—Permaneceremos a bordo hasta que se alejen todos —contestó Yáñez—. No nos prestarán demasiada atención.
Siguieron al joven indio, abriéndose fatigosamente paso entre aquellas cañas gigantes, que por la base tenÃan la circunferencia de un muslo de niño, y llegaron a la orilla del rÃo.