A la conquista de un imperio

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—¡Hum! —murmuró el Tigre sacudiendo la cabeza—. Yo no me fío más que de mis malayos y mis dayaks.

—Él conoce la pagoda, incluso por dentro; y nosotros sólo la hemos visto por fuera. Necesitábamos un guía.

Se acercó a un enorme grupo de bambúes, de por lo menos quince metros de altura, que se inclinaban sobre las aguas del río, y lanzó un débil silbido, repitiéndolo luego tres veces, con distintos intervalos.

No habían transcurrido diez segundos cuando se oyeron ligeros roces entre las cañas; luego un hombre apareció bruscamente ante el portugués, diciendo:

—Aquí estoy, sahib.

Era un joven indio, de unos veinte años, bien desarrollado, de aire muy inteligente y las facciones más bien finas de las castas guerreras. Llevaba solamente una simple faldilla un poco larga, el languti de los hindúes, ajustada con una faja de algodón azul, en la que guardaba un puñal de anchísima hoja, en forma casi de punta de lanza, y tenía el cuerpo untado de ceniza, recogida probablemente en el lugar en que se queman los cadáveres, que es el poco grato distintivo de los secuaces de Siva.

—¿Has traído la bangle[10b]? —preguntó Yáñez.


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