A la conquista de un imperio

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4. La piedra de salagram

Doce o catorce horas después de la confesión del primer ministro del rajá del Assam, un grupo bien armado, abandonaba la pagoda subterránea, avanzando en profundo silencio a lo largo de la orilla izquierda del Brahmaputra.

El grupo estaba compuesto por Yáñez, Sandokán, Tremal-Naik y diez hombres, malayos y dayaks en su mayoría, que además de las carabinas y de aquel terrible tipo de puñal de hoja serpenteante llamado kris, llevaban cuerdas enrolladas en torno a los costados, antorchas y picos.

El sol se había puesto hacía cuatro o cinco horas, y ya no se veía ser viviente paseando bajo los pipal, los banianos y las palmas, que cubrían la orilla del río, proyectando una profunda sombra.

Después de recorrer unas millas sin cambiar palabra, se detuvieron frente a una islilla que surgía casi en medio del río, a la altura del extremo oriental del populoso suburbio de Siringar.

—¡Alto! —ordenó Yáñez—. Bindar no debe de estar lejos.

—¿Es el indio que has contratado? —presunto Sandokán.

—Sí.

—¿Podemos fiamos de él?

—Surama me dijo que es hijo de uno de los servidores de su padre, y que no debemos dudar de su lealtad.


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