A la conquista de un imperio

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—Apenas son las diez —contestó el indio—, y para medianoche todo habrá terminado. Tratándose de un brahmán, la ceremonia será más larga que las demás porque tiene derecho a un trato especial, incluso después de muerto. Si el muerto fuera un pobre diablo, el asunto sería rápido: Un madero para acostar en él el cuerpo, una lamparilla encendida para ponérsela a los pies, un empujón y, buenas noches. La corriente se encarga, entonces, de llevar el cadáver al sagrado Ganges, cuando los cocodrilos y los marabúes lo respetan.

—Lo que sucederá raras veces —intervino Sandokán, que estaba sentado sobre la borda del bangle.

—Puedes considerarlo como un caso milagroso —contestó Tremal-Naik—. Apenas se deja atrás la ciudad, los saurios y las aves rivalizan en hacer desaparecer carne y huesos.

—Y con ese brahmán, ¿qué van a hacer?

—El funeral será un poco largo, ya que exige ciertas formalidades especiales. Ante todo, cuando un brahmán entra en la agonía, no se le transporta simplemente a la orilla del río, para que expire oyendo el dulce murmullo del agua que lo transportará al kailasson, o sea al paraíso, sino a un lugar especial, que antes habrá sido cuidadosamente cubierto de estiércol de vaca, colocándolo sobre un trozo de algodón no usado nunca.

—Salido poco antes de la hilandería —dijo Yáñez riendo—. ¡Estáis bien locos, los indios!


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