A la conquista de un imperio

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—Si no ha dicho la verdad, le echaremos al río con una buena piedra al cuello —contestó Sandokán.

Estaban llegando junto al dios, cuando les pareció oír como el chirrido de una puerta que se abría.

Se detuvieron todos; luego los dayaks y los malayos, con un movimiento fulminante, encerraron como en un cerco a Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik, apuntando sus carabinas en todas direcciones.

Esperaron unos minutos, sin hablar, casi sin respirar; luego Yáñez rompió el silencio.

—Seguramente nos hemos equivocado —dijo—. Si hubiera entrado algún sacerdote, a estas horas ya habría dado la alarma. ¿Qué dices tú, Bindar?

—Pienso que ese ruido ha sido el crujido de una viga.

—Busquemos la anilla —dijo Sandokán—. Si nos sorprenden, les daremos un buen recibimiento.

Dieron la vuelta al monstruoso dado de piedra que sostenía la encamación de Visnú y encontraron enseguida una anilla de bronce macizo, en la que se distinguía un altorrelieve que representaba una caracola: la piedra de salagram.

Una exclamación de júbilo que apenas pudo sofocar, brotó da labios del portugués.

—Esto me ayudará a conquistar el trono —dijo—. Con tal de que esté realmente bajo nuestros pies.


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