A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Es imposible —contestó Yáñez, un poco pálido—. La piedra estaba colocada a cuatro o cinco pasos de la abertura.
—Es verdad —corroboraron les dos dayaks que la habÃan levantado.
Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik se miraron con cierta ansiedad.
Durante unos instantes reinó un profundo silencio entre aquellos hombres, avezados en toda clase de aventuras y valerosos hasta la temeridad.
Sandokán fue el primero en romperlo.
—Los dos dayaks más fuertes, conmigo. ¡Empujemos!
Aunque la escalera era estrecha, los tres hombres apoyaron la mano en la piedra, tratando de levantarla, pero el esfuerzo resultó vano.
ParecÃa como si un peso enorme hubiera sido colocado sobre la losa, para impedir a los profanadores de la sagrada pagoda cualquier posibilidad de fuga.
El Tigre de Malasia lanzó un verdadero rugido. Aquel hombre formidable no estaba acostumbrado a encontrar resistencia a sus músculos de acero.
—Hemos sido sorprendidos y derrotados —dijo a Yáñez, rechinando los dientes.
El portugués no contestó: parecÃa meditar intensamente. De pronto, se volvió hacia Bindar, preguntándole con voz perfectamente tranquila: